Archivos de la categoría ‘Historias

Realismo trágico

Jueves, septiembre 3rd, 2015

 Con las manos en la musa atraparon al Piazzollero, un típico matón Benedetti del Sur, famoso por disolver a sus víctimas en acid jazz.

Soldados acuartelados en la zona del Vallejo, allanaron este Sábato el viejo Galeano del lote baldío donde el Hemingway 5 hace un Girondo para desembocar en las Fuentes. Allí, el criminal se disponía a Cortázar las extremidades de un cadáver amarrado a una Murakami de madera.

Cuando vieron al Piazzollero de espaldas en plena acción, los soldados se llevaron un gran Rulfo. El comandante volteó hacia ellos con el índice en la Bukowski; por fin se encontraba al mito en Pessoa y no quería echar a perder la ocasión. Apretó la empuñadura de su Onetti y apuntó directo a la Neruda del asesino que apoyaba su rodilla sobre la Vargas Llosa manchada de sangre.

El disparo sonó como un Storni en la pequeña habitación y el Piazzollero acabó con la cara hecha una Gelman sobre la Carpentier del clóset.

La historia de novela detrás del edificio más bonito de Buenos Aires.

Viernes, agosto 28th, 2015

Edificio Kavanagh

El edificio Kavanagh fue el edificio de hormigón más alto de Sudamérica en la década de1930. En 1994, la Asociación Estadounidense de Ingeniería Civil lo distinguió como «Hito Histórico Internacional de la Ingeniería». Desde 1999 pertenece al Patrimonio Mundial de la Arquitectura de la Modernidad, por decisión de la UNESCO. Fue declarado Monumento Histórico Nacional, con lo cual los residentes están eximidos del pago de impuestos.

A finales de 2008 el piso 14 salió a la venta con un precio de 5,9 millones de dólares por sus 726 m2. Tiene vista en 360º al Río de la Plata, plaza San Martín, Puerto Madero y el resto de la Ciudad. Su propietario es el noble británico, lord Alain Levenfiche.

En la película argentina “Medianeras”, la protagonista, una arquitecta, cuanta una deliciosa historia acerca del origen del edificio. Un deleite que les comparto:

Al Norte del Río Bravo Empiezan los Estados Unidos.

Jueves, agosto 20th, 2015

Extracto del podcast de @DianaUribe

Lo primero que uno encuentra al cruzar el Río Bravo y el Río Grande, son las tribus del Sudeste, los Pueblos del Caimán. Los de La Florida, los Agricultores del Mississippi. Son los Hombres del Sol. Se encuentra uno con el Gran Bosque, los Hombres del Castor, que son los abuelos de los pueblos del Este, entre el Río Hudson y el San Lorenzo. La Liga de las Naciones, las intermediaciones del Lago Hurón. Los Hombres del Arroz Salvaje, de la Tierra Amarilla, de los Zorros Rojos. Los Algonquinos del Sur.
  

En las grandes llanuras, de las praderas, donde están los Hombres del Bisonte, están los Pieles Negras, los Cheyenes, los Dueños de la Llanura, los Guerreros de la Piedra, los Sioux. Están los del Lago Missouri, los que comen maíz, los del Camino Ancho.

En el Sudoeste, los Hombres de la Serpiente, que son los que habitan el desierto. Los Kiwas, los Rebeldes de la Montaña, los agricultores del Arizona. En California están los Hombres del Ciervo. En la Gran Cuenca, los Hombres del Coyote, a orillas del Río Colorado. En la meseta, los Hombres del Salmón, en el corazón de las Rocallosas, los Cabezas Chatas y los Narices Hordadas.

En las costas del Oeste están los Hombres de la Orca, los Escultores de la Tuna, los Hombres de las Ballenas.
  

En el Sub-Ártico están los Hombres del Caribú, los Cazadores del Gran Norte. Y en la zona Ártica están los Hombres de la Foca, los cazadores inuits, cercanos al mundo de los esquimales.”

Bolivian Penny Lane

Miércoles, diciembre 17th, 2014
Is in my ears and in my eyes.

Is in my ears and in my eyes.

La mayoría de las canciones viejas nos evocan lugares o momentos del pasado. Cuando escucho Penny Lane regreso al verano de 1984 en Salvador Mazza, una pequeña ciudad justo en el límite entre Argentina y Bolivia. Entonces fui a pasar una temporada con mi papá, a quien habían trasladado como gerente del Banco Provincial.

Vivíamos en una casa pegada al banco. Nos comunicábamos por una puerta que daba justo atrás del mostrador y a un lado de la bóveda. O sea, me levantaba por la mañana y podía entrar directamente al bullicio del banco en plena actividad. Pero mi objetivo, o más bien la razón por la que estaba en Salvador Mazza, era estudiar, porque me había llevado siete materias a extraordinarias y tenía que aprobarlas en ese verano para no repetir el curso. La idea era que mi papá controlara que no tuviera distracciones. Sin embargo, nos la pasábamos relajados y sin presión.

En la casa no vivía nadie más, así que era el típico espacio de un soltero: Una cama individual, una silla con ropa colgada encima, un ventilador de pie, un televisor con una antena de alambre. Y en la cocina una hornalla eléctrica, una mesa con mantel de hule, un cajón con cubiertos desiguales y un estéreo doble casetera de última generación (En Bolivia se podían comprar ese tipo de aparatos eléctricos importados que no se conseguían en ninguna otra parte de Argentina).

En la mañana me levantaba a las ocho y me preparaba un café. Mi papá ya estaba en el banco desde hacía un buen rato. A esa hora en la cocina entraba un rayo de sol delicioso. Me servía una taza, ponía en el estéreo Magical Mystery Tour, el único casete que había llevado para mi visita de dos meses, y apretaba “play” para que empezaran a sonar Los Beatles. Todas las mañanas lo mismo.

Creo que por casualidad —o quizás así lo recuerdo yo—, siempre sonaba Penny Lane cuando corría la cortina y miraba a través de la ventana que daba a la calle. Era una calle comercial llena de negocios de venta de harina, aceite y grasa, principalmente, porque eran los productos que a los argentinos les convenía vender y a los bolivianos les convenía comprar por las ventajas del tipo de cambio. Cuando me asomaba a mirar, los negocios ya tenían rato abiertos y la gente se amontonaba haciendo compras para llevárselas a pie a través del puente internacional. Era un ir y venir constante, cargando latas de grasa o bolsas de harina sobre la espalda o sobre la cabeza.

Recuerdo a un hombrecito flaco que doblaba las rodillas por el peso de un costal y salía corriendo rumbo al puente, mientras en el estéreo Los Beatles cantaban “Penny Lane is in my ears and in my eyes…” Esa escena se grabó de tal manera en mi mente, que ahora evoco muchos momentos de aquella estadía en Salvador Mazza como si fuera un video clip en el que se suceden descripciones como las de la canción: Me veo dando la vuelta a la manzana para mirar a mi papá en el banco a través del vidrio de la puerta principal. O yendo a buscar al hijo del dueño de la mueblería para jugar al pool o para cruzar a Bolivia donde nuestros pesos argentinos valían diez o quince veces más y jugábamos maquinitas durante horas y de regreso nos comprábamos revistas de chicas en pelotas que en Argentina estaban prohibidas. O encontrándome con mi papá en el restaurantito donde atendía un cocinero boliviano que a mí me parecía un mandarín chino por su bigote y su coleta trenzada. O muchas otras cosas que me hacen evocar a aquella pequeña ciudad con la misma melancolía con que Los Beatles evocan la suya.

Veintiocho años después tuve la oportunidad de visitar Liverpool y de caminar por Penny Lane. Mientras buscaba la esquina del barbero, mi mente andaba en Salvador Mazza, con un pie en Argentina y otro en Bolivia, pensando que en cualquier momento un señor flaquito y descalzo atravesaría la calle corriendo con un costal de harina en la espalda.