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Bolivian Penny Lane

Miércoles, diciembre 17th, 2014
Is in my ears and in my eyes.

Is in my ears and in my eyes.

La mayoría de las canciones viejas nos evocan lugares o momentos del pasado. Cuando escucho Penny Lane regreso al verano de 1984 en Salvador Mazza, una pequeña ciudad justo en el límite entre Argentina y Bolivia. Entonces fui a pasar una temporada con mi papá, a quien habían trasladado como gerente del Banco Provincial.

Vivíamos en una casa pegada al banco. Nos comunicábamos por una puerta que daba justo atrás del mostrador y a un lado de la bóveda. O sea, me levantaba por la mañana y podía entrar directamente al bullicio del banco en plena actividad. Pero mi objetivo, o más bien la razón por la que estaba en Salvador Mazza, era estudiar, porque me había llevado siete materias a extraordinarias y tenía que aprobarlas en ese verano para no repetir el curso. La idea era que mi papá controlara que no tuviera distracciones. Sin embargo, nos la pasábamos relajados y sin presión.

En la casa no vivía nadie más, así que era el típico espacio de un soltero: Una cama individual, una silla con ropa colgada encima, un ventilador de pie, un televisor con una antena de alambre. Y en la cocina una hornalla eléctrica, una mesa con mantel de hule, un cajón con cubiertos desiguales y un estéreo doble casetera de última generación (En Bolivia se podían comprar ese tipo de aparatos eléctricos importados que no se conseguían en ninguna otra parte de Argentina).

En la mañana me levantaba a las ocho y me preparaba un café. Mi papá ya estaba en el banco desde hacía un buen rato. A esa hora en la cocina entraba un rayo de sol delicioso. Me servía una taza, ponía en el estéreo Magical Mystery Tour, el único casete que había llevado para mi visita de dos meses, y apretaba “play” para que empezaran a sonar Los Beatles. Todas las mañanas lo mismo.

Creo que por casualidad —o quizás así lo recuerdo yo—, siempre sonaba Penny Lane cuando corría la cortina y miraba a través de la ventana que daba a la calle. Era una calle comercial llena de negocios de venta de harina, aceite y grasa, principalmente, porque eran los productos que a los argentinos les convenía vender y a los bolivianos les convenía comprar por las ventajas del tipo de cambio. Cuando me asomaba a mirar, los negocios ya tenían rato abiertos y la gente se amontonaba haciendo compras para llevárselas a pie a través del puente internacional. Era un ir y venir constante, cargando latas de grasa o bolsas de harina sobre la espalda o sobre la cabeza.

Recuerdo a un hombrecito flaco que doblaba las rodillas por el peso de un costal y salía corriendo rumbo al puente, mientras en el estéreo Los Beatles cantaban “Penny Lane is in my ears and in my eyes…” Esa escena se grabó de tal manera en mi mente, que ahora evoco muchos momentos de aquella estadía en Salvador Mazza como si fuera un video clip en el que se suceden descripciones como las de la canción: Me veo dando la vuelta a la manzana para mirar a mi papá en el banco a través del vidrio de la puerta principal. O yendo a buscar al hijo del dueño de la mueblería para jugar al pool o para cruzar a Bolivia donde nuestros pesos argentinos valían diez o quince veces más y jugábamos maquinitas durante horas y de regreso nos comprábamos revistas de chicas en pelotas que en Argentina estaban prohibidas. O encontrándome con mi papá en el restaurantito donde atendía un cocinero boliviano que a mí me parecía un mandarín chino por su bigote y su coleta trenzada. O muchas otras cosas que me hacen evocar a aquella pequeña ciudad con la misma melancolía con que Los Beatles evocan la suya.

Veintiocho años después tuve la oportunidad de visitar Liverpool y de caminar por Penny Lane. Mientras buscaba la esquina del barbero, mi mente andaba en Salvador Mazza, con un pie en Argentina y otro en Bolivia, pensando que en cualquier momento un señor flaquito y descalzo atravesaría la calle corriendo con un costal de harina en la espalda.

El juguete que quería conocer Bahía de los Angeles.

Domingo, diciembre 7th, 2014

Mila01 Mila03 Mila02Mila es una lagartija de juguete que una noche de hace cinco años encontramos al pie de la puerta de nuestro VW Pointer al salir de un bar en la calle Sexta.

Después de los imperdibles tacos varios de la esquina, pusimos a Mila en la luneta del parabrisas frente al volante y desaparecimos de las cosas interesantes del mundo hasta Semana Santa.

Ese fin de semana largo fuimos a participar en la Travesía que une el Pacífico y el Mar de Cortéz a través de la Península en Bahía de los Angeles. Mila fue con nosotros: Se bajó en una gasolinera de El Rosario a probar tejuinos; en un parador de Cataviña a comer machaca de iguana (en serio); en unas ruinas arqueológicas a ver pinturas rupestres y a impresionar a unos turistas ingleses que al verla parada sobre una piedra bajo el sol, no podían creer que se quedara tan quieta para las fotos; trepó un cactus; recreó la escena de Titanic en una lancha; juntó almejas “chocolatas” en la playa; vio un borrego cimarrón salvaje; durmió en una casa de campaña; conoció la más recóndita de las misiones dominicas; y regresó a Tijuana un poco dorada por el sol sobe el tablero del VW Pointer.

Hoy la vida salvaje de Mila se ha calmado bastante. Se baña todos los días —no puede evitarlo—, pues vive en la bañera junto a un patito con sombrero y a Sullivan de Monsters Inc., los compañeros de baño de nuestro bebé Camilo.